Llegó al departamento y estaba todo oscuro. No había electricidad, ni velas, ni batería suficiente en el celular como para alumbrar un poco. No tenía una linterna, no había nada con lo que pudiera iluminar el camino. Pero no lo necesitaba, él conocía el lugar muy bien. Vivía ahí, o al menos dormía ahí todas las noches.
Estaba cansado, había sido la semana más difícil de su vida, o al menos no era capaz de recordar un escenario peor. Las deudas lo agobiaban, no tenía electricidad, todos sus proyectos estaban atrasados y ni si quiera era su culpa. Ya estaba enfermo, una vez más, su cabeza explotaba a cada segundo y los gritos se ahogaban en su inmenso silencio. Esas y muchas preocupaciones más no eran nada ahora. Su corazón estaba en mil pedazos y ni el más fuerte de los abrazos podía juntar esas partes rotas y perdidas en el zigsageante camino recorrido. Colapsó en medio de esa oscuridad.
Se encontraba limpio pero tomó una ducha. Había agua y a su sorpresa era agua caliente, la vida no podía ser tan mala, o quizás si. Fue la ducha más larga que había tomado en mucho tiempo. Se lleno rapidamente la tina entre el agua salada de sus ojos y el agua caliente de la llave. No se molestó en usar jabón, ni shampoo, ni nada. Se limito a sumergirse y golpear su cuerpo, con la fuerza más terrible que jamás ejerció, para que soltase todos sus demonios. Lo logró.
El agua, el agua al otro día estaba tan oscura como la noche anterior, estaba llena de pena, de lamenos, de arrepentimiento, llena de injusticia y de culpas. De reproches, de ira, de malos entendidos. Estaba negra de deseos consumidos y sueños rotos. Y él, él estaba más blanco que nunca.
domingo, 22 de noviembre de 2015
miércoles, 18 de noviembre de 2015
Estrangulante
Hoy desperté temprano, más bien fui despertado. No se bien qué hora, aún
estaba oscuro. Algo me despertó, sentía en mi cuello algo extraño, algo extraño
y a la vez familiar, algo delgado y tenso. Estaba alrededor de mi, casi
como si me estuviese estrangulando, apretaba. Digo casi, porque su fuerza y su
intensión eran distintas, más bien se sentía como una caricia, una caricia que restaba oxigeno. Poco a
poco fui despabilando y subí con mis dormidos dedos, primero a mis ojos y
luego hacia el cuello. Entonces me di cuenta de que era un pelo, un
largo y delicado cabello, era de ella. Así fue como desperté en la
mañana, con una caricia estrangulante. Y me deje matar, no era su intensión, pero morí. Yo lo quice.
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